Juan Carlos

«Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». (Isaías 6, 8)

JC ante el Sagrario de la Capilla Mayor

"Hola, me llamo Juan Carlos.

Soy de la Parroquia Santa Ana de Elda.

Deseo que mi testimonio llegue a tu corazón.

Dios te bendiga eternamente.

Hasta Pronto".


Da la sensación que la vía por la que Dios suele llamar al sacerdocio es el gusto por lo religioso. El niño va a Misa, le atrae lo que ve, se hace monaguillo, toma sus primeros Sacramentos, entra en el Seminario, se afianza en su convicción a medida que avanza en sus estudios y termina siendo ordenado sacerdote para vivir, a partir de ahí, una vida plena de entrega a los demás.

Estas vocaciones son reales, preciosas y, sin lugar a dudas, un tesoro para la Iglesia.

Pero no todas son así.

Hay quien no siente, por el motivo que sea, esa atracción hacia lo religioso, y, sin embargo, no puede dejar de pensar en Dios. No es que deje de pecar, es que siente dolor al pecar. Se esfuerza en ser honesto porque detesta la mentira, pero el mundo, lejos de agradecérselo, parece darle la espalda. Siente que no pertenece al mundo, pero como no termina de confiar en Dios, siempre acaba pensando que es él quien está equivocado.

Y vuelve al mundo para hacer lo que el mundo hace creyendo que el mundo es feliz. Pero no puede serlo porque es incapaz de engañarse. Sabe que el gozo que conlleva el placer no es la felicidad que emana del amor. El placer siempre le genera un vacío, un hueco interior llamado soledad que cuanto más quiere llenar más grande se hace.

La soledad no se vence con placer, se vence con amor.

Sé muy bien lo que digo. No lo he leído en libros de autoayuda, ni me lo ha dicho un amigo, ni tampoco lo he visto en una película. Lo he vivido durante muchos años; lo he sentido en todos y cada uno de los poros de mi piel y de mi alma. Sé lo que duele no ser amado cuando tú lo único que deseas es amar con todo tu ser. Pero también sé que si no es a Dios a quien amas primero, incluso antes que a ti mismo, tarde o temprano el amor pierde el sentido y lo único que parece tenerlo es el placer. Y el placer no te va a hacer feliz, te va a hacer esclavo.

Mi llamada es muy sencilla. Después de dar vueltas y más vueltas por el mundo buscando una felicidad que no encontraba por ningún lado, ni en trabajos, ni en diversiones, ni en personas, decidí pedir ayuda a un sacerdote que Dios puso ante mí en una confesión. Este humilde sacerdote confió en mí cuando nadie, ni siquiera yo, confiaba en mí. Gracias a él fui conociendo la Iglesia y descubriendo el inmenso amor que Ella me tiene. Fui sanando heridas poco a poco con la Confesión periódica y la Eucaristía diaria. Eso me permitió pensar con claridad.

Empecé a formar parte de un grupo de jóvenes católicos en mi parroquia Santa Ana de Elda. En una de las charlas, uno de mis compañeros me dijo que tal vez mi problema es que quería cumplir la voluntad de Dios sin cumplir los Mandamientos, lo que era una incongruencia por mi parte. Entonces vi claro que no estaba siendo sincero conmigo mismo y me puse manos a la obra.

Comenzó para mí un periodo de lucha ascética, una guerra interna e intensa contra mi pecado. Al principio me costaba mucho vencer la tentación, pero con la ayuda de Dios fui fortaleciendo progresivamente mi decisión de seguirle firmemente.

El Lunes Santo del año 2019, tras asistir a la Misa Crismal celebrada en la Concatedral de San Nicolás de Alicante, llegué a casa muy turbado. Por la noche, viendo que la turbación no se iba, me arrodillé y comencé a rezar el Rosario. En el silencio y oscuridad de mi habitación comprendí que no estaba amando a Dios por encima de todo, y que lo único que me faltaba por hacer era entregarme por completo a Él. Ahí fue cuando tomé la decisión de responder al amor de Dios con todo mi corazón, con toda mi mente, con todas mis fuerzas.

Ya han pasado más de 21 meses desde que tomé la decisión más importante de mi vida, que no sólo cambió mi rumbo, sino mi ser. Y no me arrepiento para nada. Todo lo contrario. Me arrepiento de no haberla tomado antes.

Que no te pase a ti lo mismo. No esperes como yo a que te venga una señal del cielo. La señal es Jesucristo que te ama hasta el extremo. ¿Cómo no responder a su amor?

No temas y ven al Seminario. Aquí descubrirás lo que Dios quiere para ti.

Ánimo.

Juan Carlos de la Dueña Sánchez

En la foto, de izquierda a derecha: Don Antonio Verdú (Párroco de Santa Ana Elda), Juan Carlos de la Dueña (Seminarista) y Don Germán Sánchez (Vicario de Santa Ana Elda).